Gertrud Poetzinger: Nada es más importante que el nombre de Jehová

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A continuación te presentamos la transcripción del video:

Gertrud Poetzinger: Nada es más importante que el nombre de Jehová

Esperamos que te guste y lo compartas con tus amigos y conocidos. Aquí lo tienes, disfrútalo.

TRANSCRIPCIÓN

Serví a Jehová en la región de Silesia en un tiempo en que nuestra obra estaba prohibida. Distribuía copias de La Atalaya entre los hermanos.

Un día fui detenida por las autoridades en Dresde. Tuve que soportar un fuerte interrogatorio. Pero Jehová me ayudó de forma extraordinaria. Hasta yo me sorprendí de las ideas que se me venían a la mente a la hora de responder.

Cuando me preguntaron: “¿Sabías que la Watchtower está prohibida?”, respondí: “¡Claro que lo sé!”. Y dijeron: “¿Entonces por qué haces cosas a escondidas, en contra de nuestras órdenes?”. Y contesté: “Las leyes de Alemania reconocen los mandamientos: ‘No robarás, no mentirás, no matarás’. Se basan en la Ley de Moisés, que está en la Biblia. Si ustedes obedecen esos mandamientos, también tienen que obedecer este otro de la Biblia: tenemos que reunirnos para animarnos unos a otros. ¿Cómo podría obedecer eso si me avergonzara de estar con mis hermanos? Yo quiero hacer la voluntad de Dios, y él manda que nos reunamos”. El juez se quedó callado. Consultó a otro juez presente, pero no me contestó. Primero me sentenciaron a 5 años de prisión, pero luego rebajaron la condena a 3 años y medio porque yo era muy joven. Apenas tenía 25 años.

Aunque estaba sola en mi celda, Jehová me ayudó a mantener buen ánimo. Todos los días pensaba: “Tengo que escoger un tema para meditar hoy”. Comencé por analizar una a una las cualidades de Jehová. Primero pensé en su sabiduría. Así que me tapé los oídos y anduve de acá para allá meditando en cada tema. No quería oír nada más. Pensar en aquellas cosas me hacía muy feliz.

Tiempo después pensé: “¿Y qué es esperanza? ¿Qué es la fe? Voy a meditar sobre el fruto del espíritu, sobre un aspecto a la vez”. Tenía tanto en qué pensar que el tiempo se pasó volando.

Luego de 3 años y medio comparecí ante la Gestapo. Querían que firmara un documento en el que renunciaba a ser testigo de Jehová y aceptaba dejar de aprender de la Biblia. Mi respuesta fue: “¡No! ¡Nunca!”. Ellos dijeron: “Tienes toda la noche para pensarlo”. “¡No! No tengo nada que pensar”. Y de inmediato añadí: “¡Nunca lo voy a hacer! ¡Jamás firmaré eso!”. “Entonces -contestaron- tendrás que asumir las consecuencias: serás transferida al campo de concentración de Ravensbrück”.

Cuando llegué, me ordenaron desvestirme por completo y se llevaron toda mi ropa. Tuve que esperar durante varias horas junto a otras prisioneras en un dormitorio muy grande, hasta que por fin llegó un doctor para examinarnos. Aquella experiencia fue extremadamente humillante. Ellos no solo querían doblegarnos, sino también destruir nuestra autoestima. En el grupo había mujeres mayores y estaban tan pero tan avergonzadas que uno podía percibir en su rostro la agonía. Jamás podré borrar eso de mi mente.

Después nos dieron el uniforme del campo de concentración y nos enviaron a los barracones de castigo. Recuerdo que fue una noche terrible. ¡Había tantas prisioneras! Algunas lloraron toda la noche; otras no dejaban de vomitar. ¡Qué noche tan horrible!

Al día siguiente nos llevaron a trabajar. Era una rutina muy pesada. En verano pasaban lista a las 5 de la mañana y regresábamos de trabajar a las 7 de la noche. Un día nos pusieron en cuarentena. No podíamos salir. Cerraron la puerta y nos pasaban la comida por una ventana. Aprovechamos el tiempo para descansar. Hablábamos de temas espirituales para animarnos.

Cuando el doctor tocó a la venta y preguntó: “¿Quién murió en su barracón?”, dijimos: “Nadie”. Nadie murió; hasta las viejecitas sobrevivieron. Ninguna enfermó. Fue un excelente testimonio para todos en el campo. Mi esposo también estuvo en campos de concentración: primero en Dachau y después en Mauthausen. Lo asignaron a trabajar en una cantera. A un hermano de su grupo le quedaban pequeños los zapatos que le dieron, así que se los quitaba para trabajar.

Un día se le olvidaron en la cantera. Mi esposo, con el afán de ayudarle, regresó corriendo a recoger los zapatos. Cuando el guardia vio que se había salido del grupo en que estaba, mandó que lo colgaran de un poste durante una hora.

Cuando le pregunté a mi esposo cómo había logrado aguantar esa tortura, me contestó: “Me puse a meditar en el caso de Abrahán. Él tenía que matar a su hijo, pero para hacerlo tenía que realizar un largo viaje. Mientras estuve colgado, pensé: ‘¿Qué habrá pasado por la mente de Abrahán? ¿Cómo pudo sobrellevar aquella idea de sacrificarlo por orden de Jehová?'”

Cuando pasó la hora y por fin bajaron a mi esposo, los demás le decían: “No parece que acabas de bajar de un madero”. Así es: Jehová puede ayudarnos en cualquier situación. A nosotros nos tocó vivir cosas realmente difíciles, pero siempre recibimos la maravillosa ayuda de Jehová mediante su espíritu y la oración. El nombre de Jehová es lo más importante en nuestra vida. Nada es más importante que el nombre de Jehová.

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